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Flash

Verano del 20. Veníamos del COVID, de estar encerrados en casa, eran tiempos de cambio. Andreu llevaba tiempo queriendo tener una mascota.

Fuimos a una protectora y no te encontramos allí. Una amiga nos sugirió una casa de acogida y allí estabas. Una gata alegre, jugando y saltando, el cual habían recogido de un contenedor de basura. Andreu se enamoró de ti, y entraste en nuestras vidas. Y de qué manera.

Bueno, gato, gata, eso lo cuento luego. Pero por momentos ibas a ser una cobaya. Andreu llevaba mucho tiempo queriendo un gato, y la mamá, que no había tenido nunca, no se animaba al sí. Pero un día, dijiste que querías una cobaya, y eso sí que no. La mamá, viendo cómo se estaba complicando todo, dijo que sí a un gato, pero que no a una cobaya.

Recuerdo como si fuera ayer tu primer día en casa. Estaba lloviendo, y tras recogerte, en casa los peques estaban entre nerviosos y asustados. Marina al principio tenía un poco de miedo, pero luego no te dejaba en paz. Andreu era la persona más feliz del mundo. Y yo, quizás la segunda. De verlos a ellos, y de tenerte, acariciarte, abrazarte. Bueno, aunque no fuiste nunca de muchos abrazos, con un par se segundos tenías suficiente.

¿Y por qué te llamas Flash? En esa época veíamos en familia la serie de The Flash, y los primeros días, no parabas de correr y saltar por todos los sitios. Estuvimos barajando Zeus (también tuvimos nuestros momentos de Destripando la historia), pero has sido y serás siempre nuestra Flash (o flasheta).

Tu primera foto

Tu primera foto

A los pocos días, se acabó el verano y volvimos a Elche. En el coche te portaste increíblemente bien. Yo tenía un poco de reparo, porque al final una hora dentro del transportin podía parecer mucho. Pero ahí estabas tú, tranquila, viste que estábamos los cuatro a tu lado, y te acostaste a dormir. Y he aquí un poco tu dogma de vida. Siempre has querido compañía, sentir que estábamos los cuatro en casa. Siempre buscando a uno o a otro para ver si estábamos en casa.

En Elche te hiciste la ama. Siempre encima de Andreu, en el sofá, en la cama. A la mamá no le gustaba que durmieras con Andreu, así que te compramos una camita y no te quejaste casi nada por dormir en la cocina. Eso sí, una vez que tú te despertabas, todos en pie. En esos días, te gustaba mucho jugar con los tapones de plástico de las botellas de agua (que siempre acababan debajo del lavavajillas) y con un par de peluches (un pez y una cobaya), que los mordías y lanzabas como buena jugadora de bàsquet.

Un día Andreu vio que tenías algo en las orejas y los ojos se estaban griseando. Te llevamos al veterinario, y nos dijo que por problemas de alimentación en los primeros días, tenías algún tipo de bacteria. Tras unos medicamentos (fueron tus inicios donde nos enseñaste que no te gustaban nada los médicos), las orejas se curaron (aunque mi sensación siempre fue que perdiste un poco de audición), pero los ojos se te quedaron con esa neblina tuya tan característica. Sí, veías menos, pero veías. Nos dijeron que nos imaginásemos que tenías cataratas, como una bolsa de plástico transparente delante de los ojos, que no veías bien, pero sí las formas. Eso sí, tu nariz siempre ha ido a mil, oliéndolo todo. Tras todas las vacunas necesarias, pensábamos que ya habíamos acabado con el veterinario.

Bueno, llegó el momento de la castración. Y ahí nos diste la primera sorpresa. La primera gata trans de la historia. Hasta ese día, el veterinario nos había dicho que eras un gato (un chico), pero cuando te iba a operar, nos dimos cuenta de que eras una chica. Nos llamaron un poco nerviosos, diciéndonos que la operación iba a tardar más, porque no es el mismo proceso en chicos que en chicas. Y ahí empezó tu vida de gata castrada.

Te vas haciendo grande

Te vas haciendo grande

Yo me acostumbré muy rápido a vivir contigo. Como te he dicho al principio, eran tiempos de cambio. Yo venía de trabajar en Aspe por las mañanas, a hacerlo por las tarde en Elche, al lado de casa. Y eso nos volvió inseparables. Miles de mañanas juntos, los dos solos en casa, delante del ordenador. Almorzando. Jugando a la consola. A veces te veía acostada y cogía un peine y te quitaba los nudos, o te hacía una foto cuando te veía durmiendo en la gloria. No sé cómo serán los días a partir de ahora, pero mejores, seguro que no.

Otro día empezaste a cojear. Realmente era como si se te saliera una pierna. De nuevo al veterinario. Nos dijo que era bastante común en algunos gatos, y como ya sabías, has sido una gata delicada. Igual por eso has dado tanto amor, porque pensabas que nos debías algo. Andreu acababa de ganar un premio de narrativa y quiso poner todo su premio para pagarte la operación. En esa época, Andreu y tú erais inseparables. Jugando a los Lego, haciendo los deberes, acostados en el sofá o en la cama, mirando la tablet.

La operación fue bien, aunque ahí nos diste otro susto. Estábamos ya veraneando en Vergel, y tú te estabas recuperando. Medio caminabas, medio arrastrabas el culo. Era muy gracioso, todo hay que decirlo. No sabemos cómo (bueno, yo creo que sí), pero saliste al balcón a tomar el fresco y acabaste saltando a la calle. Más bien te caíste. No me di cuenta. Yo estaba jugando a la consola, y Andreu se acababa de levantar (sí, serían ya las once de la mañana), y preguntó por ti. Y ahí estabas, debajo del balcón, acostada en la calle, pero bien, como quien ha salido a pasear y tomar el sol. Tenías un pelado en la nariz pero estabas bien. Pensamos que ahí gastaste más de una de tus siete vidas.

Eso fue hace cuatro años, y desde entonces, ningún problema grave. Todo alegrías. Te fuiste haciendo cada vez más grande, y sí, más gorda. Gato panzas. Gato gordo. Siempre con cariño, pero te hiciste toda una señora gata. Y qué genio. Todos los findes igual. Claro, a ti te daba igual que fuera martes que sábado, que esperabas que todos estuviéramos en pie a las 7. Empezaban las patitas furiosas. La mamá intento mil y un inventos para que la puerta de la cocina no hiciera ruido, pero nunca pudo contigo. Arrancaste cojines, trozos de cartón, madera, lo que fuera con tal de llegar a los cristales y aporrearlos con todas tus fuerzas. Lo dicho, una vez que ya estábamos todos en pie, marcabas tu misión como realizada, y te ibas a dormir.

Te gustaba mucho estudiar

Te gustaba mucho estudiar

Estas últimas mañanas ya te notábamos que algo pasaba, porque esperabas tranquila que nos hubiéramos levantado. Ilusos nosotros. Pensando que te habías hecho mayor.

Cuando estabas bien, daba igual que la mamá o yo nos levantáramos pronto para hacerte compañía. Sí, nos hacías caso un rato, pero en seguida, tocaba ronda y empezabas a maullar llamando a Marina y a Andreu para que se levantases, que ya era hora.

Estos dos últimos años todos hemos cambiado. Yo paraba menos por casa, y Andreu empezó a entrenar más y estar menos en casa. Coincidiendo con la etapa de Bachillerato de Marina, ella se convirtió por méritos propios en tu BFF. Todas las tardes, en su cuarto, estudiando con ella. A veces encima de la cama, otras robándole la silla. Seguro que te has ido sabiendo más filosofía y latín que la mitad de los compañeros de clase de Marina. Y esa has sido tú, siempre la gata que hemos necesitado cada uno. La gata que le gustaba jugar. La gata tranquila que hacía compañía, ya sea para trabajar, estudiar o ver una película. La gata suave que se dejaba acariciar y peinar. Nuestra gata.

Y tomar el sol al lado del ordenador

Y tomar el sol al lado del ordenador

Y tomar el sol al lado del ordenador

Y tomar el sol al lado del ordenador

No te voy a contar los últimos días entre casa y el hospital porque nos los mejores recuerdos. Pero sí quiero quedarme con dos. El primer día que fuimos con los peques a verte. Nos ronroneaste mucho, fuerte y durante mucho tiempo. Se te notaba muy contenta, te retorcías de gusto al rascarte el cuello y las orejas. Te alegrabas de vernos, pero quizás fuera porque en mucho tiempo ya no tenías dolor. Llevabas un par de días en el hospital con la sonda y varias medicinas, y ahora sabemos que has estado sufriendo. Sí, eras una gata delicada, y puede que tuvieras los riñones fastidiados desde hace tiempo, pero nosotros no sospechamos nada. Sabes que si lo hubiéramos sabido, te habríamos cuidado mejor. Pero tú eras así, tranquila y silenciosa. Un poco como nosotros, eso queremos creer. El segundo momento es la despedida. Peinándote. Queriéndote un poco más si fuera posible. El momento de meterte en el transportín y empezar a temblar. Todos sabíamos que era el fin.

Tenemos mil fotos tuyas, y cada una de ellas es un recuerdo. Un recuerdo de nuestra vida. Todos momentos alegres. Eramos una familia de cuatro y contigo fuimos 5. Una familia que te tendrá siempre en cuenta. Ahora volvemos a ser cuatro, mejores personas que cuando te conocimos. Hoy estamos más tristes, es normal, pero en un tiempo, cuando la herida cicatrice, sonreiremos al pensar en ti y ver tus fotos y vídeos.

Tus últimos días, descansando

Tus últimos días, descansando

Flash, gracias. Nos sentimos mal por no tenerte a nuestro lado. Ahora sabemos que las últimas semanas las viviste con dolor y aún así siempre nos querías. Te vamos a echar mucho de menos. Dejas un vacío enorme. Todo nos recuerda a ti. Hoy, al entrar a casa, lo primero que he hecho, instintivamente, ha sido ir al sofá donde habrías estado durmiendo a esas horas. Estoy tecleando y me giro a buscarte encima de la cama, y no estás. El sol da en la ventana, y no te tengo aquí a mi lado.

Alguien te dejó en un contenedor y nos regaló a la mejor gata del mundo.

¡Hasta siempre, Flash!

¡Hasta siempre, Flash!